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Jan van Eyck (imagen)


Este libro contiene una panorámica de la historia europea comprendida aproximadamente entre los años 1320 y 1450. Comienza en el momento en que las instituciones «medievales» están en la cumbre de su desarrollo. En 1320 está próxima la cima de la expansión demográfica medieval. Uno de los más poderosos papas medievales, Juan XXII, regía la Iglesia europea desde Aviñón. Los ejércitos de caballeros nobles dominaban aún, si bien no de manera incontestada (los ciudadanos flamencos ganaron una famosa victoria contra uno de ellos en Courtrai, en 1302). Se estaban construyendo grandes catedrales, como la de Reims y la de Ely. Cuando el libro termina, en 1450, muchas formas de vida características de la Edad Media –el control papal de la Iglesia europea, el arte gótico, la guerra caballeresca, por ejemplo– están en decadencia. Movimientos que asociamos con el «Renacimiento» y la «Reforma», como la arquitectura neoclásica italiana, la aparición de la imprenta, los viajes de exploración en el Atlántico y la rebelión husita contra la Iglesia están en pleno auge. Trata este libro, de manera muy general, de la transición de la Europa «medieval» a la Europa «renacentista». Aunque, forzosamente, estas descripciones de periodos son muy impresionistas, transmiten con utilidad, siempre y cuando no se las tome muy literalmente, algo del carácter de una civilización. 
Necesariamente la elección de temas a tratar, entre los incluidos en este periodo, tiene que ser limitada. El fin propuesto es considerar la historia de Europa desde dos ángulos principales. Primero, describir las líneas generales de la historia política, los principales acontecimientos en las relaciones entre las potencias políticas más relevantes. Esto no puede hacerse en una sola narración porque los reyes y príncipes de la Europa medieval no pertenecían a un único «concierto» diplomático como las potencias europeas de 1914. Hay que dividir el continente en diferentes áreas, cada una de las cuales, aunque se superponen y coinciden, tiene un alto grado de autonomía. La política de la península ibérica, por ejemplo, englobaba a un grupo de potencias diferente al de la política de la Europa noroccidental, aunque estaban conectadas; el rey de Francia estaba envuelto en ambas, mientras que el conde de Flandes no. El segundo fin principal será describir de manera muy amplia alguno de los cambios de la estructura social y de las ideas. Esto también es difícil de hacer a escala europea. Como es obvio, para que el tema resulte manejable lo sensato es concentrarse en las áreas en que se produjeron las manifestaciones de civilización mejor conocidas y más fascinantes, es decir, Italia y Europa noroccidental. Pero la parte más interesante de la historia europea no la constituyen los archivos políticos de sus diferentes Estados por separado o la condición social de cada sociedad, sino la interacción entre política, sociedad e ideas a través del continente. Quizá la mejor manera de introducir al lector en el periodo es explicar sucintamente, desde este punto de vista y en términos muy generales, cómo era la Europa del siglo XIV. 
La cristiandad latina de principios del XIV ocupaba aproximadamente la extensión de la Europa actual, exceptuando los Balcanes. Constituía, sin lugar a dudas, una sola civilización. Un hombre culto podía viajar de Sicilia a Escocia hablando con sus iguales en latín, visitando casas de las mismas órdenes religiosas que aceptaban incontestablemente la autoridad del papa de Roma, hallando abogados que practicaban el mismo derecho eclesiástico y reconocían los mismos títulos concedidos por sus colegas en remotas universidades, con licencia del mismo papa. En muchos países se podían encontrar seglares que aplicaban el mismo derecho civil heredado del Imperio romano y nobles que habían sido educados en códigos similares de comportamiento militar y habían oído versiones locales de los romances caballerescos franceses. Esta unidad reconocible no era el resultado de una unidad política: por el contrario, la Europa occidental estaba extraordinariamente dividida. Existía el título de emperador romano, pero el que lo ostentaba era generalmente un príncipe germano, cuyas pretensiones políticas resultaban de escaso interés para la mayoría de los europeos. Desde el primitivo Imperio de Carlomagno en el siglo IX, Europa había evitado la atrofia de un gobierno universal. La condición política normal de gran parte del continente era una fragmentación de la autoridad rayana en la anarquía. Su historia política es una madeja de conflictos irrelevantes, donde resulta difícil desenredar los acontecimientos más significativos, obligadamente simplificados en las páginas de este libro de una manera que incluso puede resultar engañosa. Lo que distinguía a la cristiandad latina era la uniformidad de su cultura, que dependía principalmente de la Iglesia. El reconocimiento general de la autoridad del papa era el factor más evidente de la unidad de «Europa». Había conducido a la difusión de tipos semejantes de organización de iglesias y monasterios, y no solo de edificios, sino también de maneras de pensar. La uniformidad de la cultura había sido también promovida por las energías expansionistas de nobles y caballeros del norte de Francia y de mercaderes de las ciudades italianas, que habían difundido sus costumbres por amplias zonas del mundo latino. 
En 1300 la Europa occidental era ya, con mucho, probablemente la zona más rica del universo, si la riqueza se mide en relación a la densidad demográfica. La mayor parte de la riqueza se concentraba en una banda que atraviesa el continente desde el sudeste de Inglaterra al norte de Italia, incluyendo el norte de Francia, los Países Bajos y la Renania. En esta región la producción agrícola intensiva había dado lugar a una densa población, a grandes excedentes en la producción, a avanzadas industrias y ciudades. Como resultado –y esta es una de las más importantes características de su civilización–, la sociedad europea estaba muy diversificada en cuanto a sus estructuras sociales y económicas. Entre las aisladas comunidades campesinas de los Alpes, los ricos y aristocráticos Estados de la isla de Francia y ciudades industriales como Arrás e Ypres, había grandes contrastes de estructura social en distancias espaciales muy pequeñas. En particular, la civilización urbana, con todo lo que implicaba de industria, comercio y gobierno popular, aunque distribuida de manera muy desigual, estaba muy difundida y altamente desarrollada. La combinación de fragmentación política y diversidad social era crucial. Naturalmente, el aspecto dominante de los europeos era el marco de valores establecido por los nobles y los eclesiásticos propietarios de bienes raíces. A falta de términos mejores, podría describirse como «feudal» o «jerárquico». Pero cuando la autoridad política estaba tan fraccionada, a las comunidades de otros tipos les era posible asegurar su autonomía no solo política, sino también de sus ideas y modos de vida. Observaremos en este libro la interacción tanto entre las potencias políticas como entre las comunidades de diversas clases. La historia europea se hará cada vez más por la interacción entre modos de vida y pensamiento divergentes. 
Al principio del siglo XIV la diversidad de Europa empezaba apenas a emerger. Las ciudades flamencas estaban afirmando su independencia respecto al rey de Francia. Había aparecido un pequeño núcleo de comunidades campesinas independientes, que acabaría por constituir la federación suiza. Los primeros sofisticados escritores del mundo urbano italiano estaban trabajando en Florencia y Padua. Estas manifestaciones eran aún de tipo experimental, pues el mundo europeo estaba dominado por el papa, el rey de Francia y otros monarcas; su vida intelectual, por la Universidad de París; su arte, por el estilo de iglesia gótica, que se había difundido por Europa desde el norte de Francia. La historia social de los próximos cien años fomentaría –como resultó luego– una mayor diversificación de la sociedad al favorecer a las comunidades urbanas y campesinas a expensas de las clases señoriales. La fuerza de esta tendencia no podría haberse sospechado en 1320; estaba causada por decisivos factores económicos, entre los cuales debe sin duda contarse la peste negra, que asoló Europa en 1348-1349, y el descenso general de población, que redujo la riqueza y el poder de los señores territoriales. Los resultados de los cambios económicos se evidenciaron en la situación de Europa durante la primera mitad del siglo XV, cuando ciudadanos y campesinos hicieron valer sus derechos. 
Fue durante este periodo –alrededor de 1410-1450– cuando en las ciudades italianas nació una ideología de gobierno republicano en los escritos de Leonardo Bruni y Leon Battista Alberti, cuando en las ciudades flamencas surgió el arte realista, que se asocia con Jan van Eyck y sus seguidores, cuando los husitas bohemios realizaron una reforma nacional, en el curso de la cual las comunidades milenarias de Tábor se convirtieron en una fuerza política, y cuando la ciudad de Venecia llegó a ser uno de los principales poderes europeos. En este tiempo las fuerzas centrífugas en la sociedad europea eran predominantes; amplias zonas de Europa parecían estarse saliendo del marco de la Iglesia y la monarquía que se había construido en la Edad Media. A veces el papado parecía estar al borde de una división irreparable entre papas rivales y bajo el ataque de las iglesias nacionales. Algunas monarquías aparecían permanentemente debilitadas. 
Hacia mediados de siglo la situación cambió. Las condiciones de la monarquía comenzaron a mejorar. Príncipes poderosos, algunos de los cuales, como Luis XI de Francia, Carlos el Temerario, Fernando e Isabel de España, restauraron el poderío de sus reinos, son figuras características de los años finales del siglo XV. Pero estos acontecimientos superan el ámbito de este libro, que tratará principalmente de la crisis del mundo medieval en el largo periodo de descenso demográfico y, paradójicamente, de efervescencia cultural, que se extiende desde 1340, aproximadamente, hasta mediados del siglo siguiente. Los movimientos de este periodo son interesantes en sí mismos, pero sus causas y su significación solo se entienden en un contexto europeo. Ni los humanistas ni las comunidades son comprensibles a menos que se consideren dentro del contexto de las instituciones e ideas contra las cuales se rebelaron. Surgieron cuando y donde lo hicieron por las presiones de modos de vida anteriores, y sus ideas fueron incorporadas al bagaje cultural europeo.

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