NUEVE
El 31 de octubre de 1517, el doctor Martín Lutero, profesor de teología de la recién fundada Universidad sajona de Wittenberg, clavaba en la puerta de la iglesia del castillo de aquella ciudad un papel en el que se exponían 95 tesis. La cosa no tenía nada de extraordinario, toda vez que, según la costumbre, el erudito que deseaba defender algún punto de vista sobre derecho o doctrina podía invitar al debate docto, dando a conocer sus tesis, y el lugar en que se fijaba la publicidad medieval era la puerta de las iglesias. Las 95 tesis de Lutero atacaban la venta de indulgencias, documentos que ofrecían la conmutación de penitencia mediante el pago de cierta cantidad de dinero. Desde luego, Lutero no tenía la intención de crear un cisma en la iglesia católica, ya que las tesis en cuestión ni implicaban doctrinas necesariamente revolucionarias ni eran las primeras que presentaba a debate público. Sin embargo, los países protestantes celebran en ese día, con razón, el aniversario del comienzo de la Reforma. La polémica de las indulgencias fue la chispa que provocó el incendio; ella marca el fin de la iglesia medieval.
Martín Lutero (1483-1546) era hijo de un minero de Eisleben (Sajonia) y como desde temprana edad demostró grandes aptitudes intelectuales, su padre pensó encaminarlo por el derecho canónico, por ser esta una especialidad que daba honores y dinero. Cuando el muchacho manifestó que sus estudios en la Universidad de Érfurt le habían animado a dedicarse a la teología y a la contemplación, su padre se encolerizó sobremanera. Con todo, en 1505, Lutero ingresó en la Orden de los Agustinos, en Érfurt. En 1508 fue nombrado profesor de la Universidad de Wittenberg. Durante casi diez años se dedicó a la lectura y a la meditación, luchando denodadamente con las debilidades de su cuerpo, en un esfuerzo desesperado por conseguir la salvación de su alma. Tras las toscas facciones de campesino de aquel joven fraile, oscuro profesor que nadie conocía, se ocultaba una mente excepcional, por su apasionamiento, su obstinación, su sutileza; una mente llena de fuerza, que no podía conformarse con las perspectivas de vida cómoda y llena de éxitos pastorales y profesionales para la que, por otra
parte, parecía tan bien dotado. Era un auténtico intelectual, formado en el nominalismo de Occam de finales de la Edad Media (que durante algún tiempo llegó a absorberle), según lo enseñaba el pietista Gabriel Biel, para quien el hombre, a pesar de su caída, tenía capacidad para trabajar por su salvación por su propia y libre voluntad. Esta doctrina dejó pronto de satisfacer a Lutero; la situación de desesperanza en que se veía frente a Dios le impulsaría a revolucionar la teología. Quería tener la seguridad de que Dios no le repudiaba, pero en sí mismo no veía otra cosa que la certidumbre de sus pecados, y en Dios, solo una inexorable justicia que hacía baldíos todos sus esfuerzos por arrepentirse y por conseguir la divina misericordia. En vano trataba Lutero de ahuyentar su angustia con todas las mortificaciones y otros medios que le recomendaba la iglesia y su orden. La solución a su ansiedad le llegó, finalmente, de su vivencia de desamparo total frente a Dios (coram Deo), de sus lecturas de san Pablo y de la ayuda de san Agustín. Fue en los santos padres y, en último término, en el Evangelio donde Lutero comprendió, por fin, que «la justicia de Dios» (justitia Dei) no significaba la cólera de Dios ante el pecado, sino su deseo de que el pecador llegara a ser justo (libre de pecado) por gracia del amor que Él otorga generosamente al verdadero creyente. Para Lutero lo que justifica (salva) al hombre es la fe y solo la fe; por eso las palabras sola fide se convirtieron en la contraseña y la piedra de toque de la Reforma. El hombre no puede llegar a justificarse con sus propias obras, ya se trate de obras ascéticas, como la oración, el ayuno, la mortificación, o de obras de caridad; pero si de verdad cree en Dios, Él, por su divina gracia, le concederá los dones del Espíritu Santo: la salvación y la vida eterna. La fuente de la gracia está en Jesucristo, decía Lutero, y la fe no es otra cosa que confiar plenamente en el mensaje del Evangelio, en lo que él llamaba la palabra.
Por supuesto, esta doctrina no era nueva y difícilmente lo podía ser tratándose de una religión que durante 1.500 años había explorado todas y cada una de sus posibilidades. Lutero no creía, desde luego, que se tratara de una doctrina nueva, puesto que para él no era otra cosa que la verdad del Evangelio. El estudio de las clases y conferencias que dio en los años anteriores a convertirse en una figura pública ha mostrado la evolución de su pensamiento teológico y sus estrechos vínculos con las ideas y el misticismo de finales de la Edad Media, es decir, con aquellas doctrinas
concernientes a la relación de Dios con el hombre que, más que en las instituciones o en los sacramentos de la religión, hacen hincapié en la búsqueda del alma a solas. Las opiniones de Lutero resultaron revolucionarias porque recalcaban con tanto ardor como sinceridad la absoluta incapacidad del hombre para contribuir a su propia salvación. El fraile agustino tomaba al pie de la letra la doctrina de la omnipotencia de Dios y, por tanto, lo que podría llamarse su monopolio del libre albedrío. En la práctica esto quería decir que Lutero haría superfluo todo el aparato de la iglesia destinado a mediar entre Dios y la humanidad. Si la salvación del hombre dependía en exclusiva de la gracia divina que Dios infundía libremente en el alma del creyente, no había necesidad alguna de ministerio sacerdotal con poderes exclusivos para administrar sacramentos que, según la doctrina de la iglesia, eran los canales por los que la gracia divina llegaba al hombre. En consecuencia, a la tesis de la justificación por la mera fe se sumó pronto la del sacerdocio de todos los creyentes. En un principio Lutero no tuvo disputa alguna: ni con el papa, ni con la iglesia, ni con la jerarquía. Siempre siguió con la idea conservadora de que las instituciones entrañan un orden en cualquier caso. Lutero fue un revolucionario a la fuerza, podríamos decir; siempre dispuesto a seguir conservando lo tradicional, a no ser que la lectura de la Biblia le impulsara a lo contrario. En cierta ocasión, un discípulo suyo, más reformista que él y que se oponía a la elevación de la hostia en la misa, le preguntó «¿Dónde ordena Cristo la elevación?», a lo que Lutero respondió «¿Y dónde la prohíbe?». De todas formas, Lutero compartía el descontento que reinaba en muchas partes por la mala conducta y la falta de dignidad del clero, y este descontento se acentuó en él desde que en 1510 visitó Roma y vio la curia papal, que le dejó escandalizado. Lutero compartía también el nacionalismo y el apasionamiento germanos, con su violenta antipatía por todos aquellos sutiles inventos de los italianos, que, según el prejuicio común, solo servían para explotar y perder a los honrados alemanes. Sus propias experiencias le llevaban a oponerse al ascetismo frailuno, que él consideraba inútil, además de hipócrita y falsario. Todas estas circunstancias iban a hacer de Lutero un portavoz entusiasta del anticlericalismo reinante.
El ataque que –espoleado por el calor de la controversia– emprendió Lutero contra la iglesia tradicional, hasta dejar poco de ella en pie, tenía, en cualquier caso, más motivos que la simple envidia, el prejuicio o la política.
Si todos los hombres eran «sacerdotes», con capacidad para buscar su salvación sin necesidad de intercesores, el sacerdocio tradicional no solo era innecesario, sino que, además, ocultaba o deformaba la verdad tras una serie de supercherías y rituales cuyo único propósito era el de conservar los privilegios de una casta. Por ello, Lutero empezó a atacar públicamente el sacerdocio tradicional, que, según él, no tenía razón de ser, porque impedía que el mensaje de Dios llegara al pueblo. Para él la única misión que tenía el clero era la de indicar a los hombres, mediante la predicación de la palabra, cuál era el camino que les conduciría a Dios. Y tal fue el efecto de la predicación de aquel inspirado fraile agustino, que un escéptico tendría razones para creer que fue la palabra de Lutero, y no la palabra de Dios, la que hizo derrumbarse a la iglesia tradicional. La poderosa mente y el gran corazón de Lutero estuvieron produciendo, sin descanso, durante 30 años, libros, folletos, sermones y cartas, a razón de una publicación cada 15 días, según los cálculos que se han hecho. Aunque es cierto que el vigor de su palabra era con frecuencia poco refinado; su indudable ingenio, un tanto soez; su estilo, polémico, sin miramiento alguno, y sus firmes convicciones, nada más que perniciosos prejuicios a veces, no por ello ahuyentaba a los muchos que querían oírle ni, desde luego, era menor el impacto de su palabra. Y si bien es cierto que, como cualquier otra revolución de esa magnitud, la Reforma no podía ser obra de un solo hombre, si Lutero no hubiera existido, no hubiera habido Reforma.
Cuando Lutero empezó su ataque contra las indulgencias, nadie podía suponer la trascendencia que aquel ataque tendría, y, sin embargo, ya en aquellos primeros momentos –es importante tenerlo en cuenta– estaban elaborados los fundamentos de su teología. Para un hombre tan abrumado por el problema de la salvación, las indulgencias eran una cuestión vital, puesto que suponían la remisión de la penitencia impuesta a los pecadores tras haberse confesado y haber sido absueltos. Los papas de periodos anteriores, conscientes de los peligros que encerraba depositar ese privilegio en manos menos cualificadas que las suyas, se reservaron la concesión de indulgencias. Pronto se vieron las posibilidades de recaudar fondos que las indulgencias suponían, y lo que empezó siendo una práctica aceptable era ya, a finales de la Edad Media, un abuso. A pesar de que la doctrina oficial de la iglesia hizo siempre cuidadosamente hincapié en que la mera compra de indulgencias no eximía de la necesidad de una auténtica
penitencia para que se perdonasen los pecados, la forma en que esta doctrina se exponía a las gentes sencillas y el modo en que estas la entendían eran bastante más rudimentarios. Lo que la gente creía en la práctica era que comprando indulgencias papales se podía acortar el tiempo de purgatorio, y al llegar el siglo XV era creencia común que también las almas de aquellos que estaban en el purgatorio podían beneficiarse si se compraban indulgencias en su nombre. Con el tiempo, las indulgencias se convirtieron en una importante fuente de recursos papales y nada más, aunque siempre se anunciaban diciendo que las limosnas que se recogieran se dedicarían a un importante fin religioso: una cruzada o la construcción de una catedral. En 1517 el papa León X dio permiso al nuevo arzobispo de Maguncia, Alberto de Hohenzollern, para vender indulgencias con el fin de resarcirse del enorme desembolso que le había supuesto la toma de posesión de su cargo. La venta se anunció con una excelente técnica publicitaria. Después de las reservas de trámite, se recalcaba la oportunidad que se brindaba a los fieles de redimirse a sí mismos y a sus deudos del fuego del purgatorio durante tanto o cuanto tiempo, mediante el pago de una cantidad que les permitiría participar de los méritos de los santos, sin las molestias de seguir el proceso normal de arrepentimiento, absolución y penitencia. Por si fuera poco, el negocio se dejó en manos de vendedores tan toscos como el dominico Johann Tetzel, que tenía a su cargo la zona próxima a Wittenberg. No se le permitió a Tetzel vender en el Electorado de Sajonia, en el que vivía Lutero, porque el elector Federico «el Sabio» deseaba que todo el dinero que pudiera obtenerse para obras pías se empleara en su sin par colección de lo que se consideraban santas reliquias. No obstante, los feligreses de Lutero cruzaban el río y volvían con papeles que probaban que estaban libres de pecado. Su párroco se sentía cada vez más indignado y afligido.
Al atacar las indulgencias, Lutero no atacaba otro abuso más, sino algo próximo a la verdad nuclear de la religión. Aun así, sus tesis no tenían por qué haber ocasionado más que una intrascendente disputa académica. Ciertamente ponía en tela de juicio determinados poderes del papa, pero lo hacía de forma moderada y a título de tema de discusión.
Las tesis estaban escritas en latín, aunque rápidamente se tradujeron al alemán, y la imprenta se encargó de propagarlas por el extranjero. El interés que despertaron fue general, inmediato e inesperado. Para su mal, la iglesia trató de amordazar a Lutero; al fin y al cabo, las indulgencias eran demasiado útiles para renunciar sin más a ellas. La Orden Dominicana se apresuró a defender a su hijo Tetzel del ataque de aquel simple agustino. Johann Eck, profesor de Ingolstadt (Baviera) y polemista profesional, decidió terciar en la disputa, acusando públicamente a Lutero de herejía. Se tomó la funesta medida de referir el caso a Roma. Al verse atacado por Eck, Lutero afiló con presteza su pluma y sus opiniones fueron cobrando una mayor agresividad. El capítulo provincial que su propia orden convocó para que el fraile respondiera de sus actos, y que se celebró en Heidelberg, en abril de 1518, solo sirvió para que Lutero ganara adeptos para su causa. Mientras en Alemania empezaban a surgir movimientos en defensa de aquel fraile que no tenía pelos en la lengua para denunciar los abusos, Roma se veía arrastrada a tomar, sin mucho entusiasmo, medidas más radicales en contra del agustino, como consecuencia tanto de la influencia que allí tenían los enemigos de Lutero como por la agresividad cada vez mayor de este. En agosto de 1518 se requirió a Lutero para que se presentara en Roma, y este solicitó protección a su elector Federico, quien le consiguió una entrevista con el cardenal Cayetano, general de la Orden de los Dominicos y teólogo de gran relieve en aquellos tiempos. Al parecer, Cayetano, con mayor objetividad, no vio en Lutero rastro alguno de aquel fervor revolucionario que movió a sus enemigos a persuadir al Papado a que tratara al fraile agustino como a hereje declarado, antes de celebrarse juicio alguno. Las conversaciones con el cardenal no confirmaron los temores de Lutero, que esperaba la muerte en la hoguera, y, aunque se desenvolvieron en un clima pacífico, no produjeron fruto alguno. Lutero persistió en sus puntos de vista y llegó incluso a afirmar que el papa podía equivocarse. Sano y salvo regresó aliviado a Wittenberg; la controversia continuaba. Para entonces Lutero se había hecho ya famoso, y eran muchos los que veían en él un líder. Durante los meses de junio y julio de 1519, tomó parte en controversias públicas contra Eck, en Leipzig. En realidad, la polémica no le atañía, en principio, a Lutero sino a un colega suyo de Wittenberg, Andreas Karlstadt, ferviente partidario de sus doctrinas, aunque de ideas poco claras, al que Eck había retado a debate público. Lutero se sintió retado también y decidió enfrentarse personalmente con Eck. Con habilidad dialéctica este le llevó a deshacer toda ambigüedad hasta conducirle a afirmar de forma tajante que no solo los papas, sino también los Concilios Generales de la iglesia podían equivocarse. No había más autoridad que la de la Biblia. Con estas afirmaciones Lutero tomaba claramente postura en defensa de doctrinas que habían sido condenadas por heréticas 100 años antes, durante el juicio contra Jan Hus, de Bohemia. Al llegar a este punto del debate, el duque Jorge de Sajonia, persona de sanas creencias conservadoras, que asistía a la controversia, levantó acusadoramente los brazos, apuntando al hereje. Y, efectivamente, Lutero, que anteriormente había rechazado las doctrinas de Hus, como tenía que rechazarlas todo buen patriota y toda persona que hubiera seguido estudios ortodoxos de teología, había llegado a la conclusión por entonces de que aquellas tempranas y violentas protestas contra el poder de los papas dentro de la iglesia no dejaban de tener fundamento. En Leipzig se puso de manifiesto cuánto se había alejado Lutero de los comienzos, puramente teológicos, de su disputa; se había alejado tanto que ya no había vuelta posible. Alimentada por las publicaciones y el estudio, la batalla continuaba; la iglesia estaba en crisis. En 1520 Lutero quemó definitivamente las naves con tres grandes obras que continúan siendo la base de sus creencias, de su doctrina y de su importancia histórica. En el Discurso a la nobleza cristiana de la nación alemana, Lutero examina y destruye «las murallas de papel» que los «papistas» habían levantado para defender sus injustos poderes, y exhorta a los alemanes a que convoquen un concilio general para reformar la iglesia. Las bases de la teología luterana y la doctrina de que no hay más que tres sacramentos (bautismo, penitencia y comunión) que estén de acuerdo con las enseñanzas de la Biblia aparecen en la obra titulada La cautividad de Babilonia de la iglesia, en la que, además, Lutero ataca al Papado por haber despojado a la cristiandad de la verdadera religión. Esta obra rechaza, por consiguiente, los otros cuatro sacramentos tradicionalmente admitidos (confirmación, extremaunción, orden y matrimonio) y, lo que es más, modifica totalmente el concepto de sacramento que, para Lutero, no es un medio de salvación creado por el sacerdote que lo administra, sino una circunstancia adecuada para que el creyente reciba la gracia divina. Con el tiempo, los reformistas prescindirían también de la penitencia. La tercera de las obras mencionadas es La libertad del cristiano, que trata por última vez de establecer comunicación con el adversario y presenta de forma contemporizadora un primer esbozo de la doctrina de la justificación por la fe y del sacerdocio de todos los creyentes. Estos tres tratados, de los que, en general, se vendieron un gran número de ejemplares entre un público muy amplio (solo uno estaba dirigido a los eruditos y escrito en latín, La cautividad de Babilonia), sirvieron para definir la postura ya por entonces cismática de Lutero y para atraerle prosélitos. El papa León X, que se asustó demasiado tarde de lo que estaba ocurriendo y que reaccionó de forma bastante radical, excomulgó a Lutero por la bula Exsurge Domine (junio de 1520), que entró en vigor en enero de 1521, mediante la bula Decet[1]. La reacción de Lutero fue simbólica y muy propia de él. Los tres años de lucha transcurridos le habían dado mucha mayor confianza en sí mismo, una confianza no exenta de humildad, sin embargo, ya que, para él, el apoyo que encontraban sus doctrinas era una prueba de lo justo de su causa y de que Dios le ayudaba. En estos tres años su escatológico espíritu llegó a la conclusión de que el papa era el anticristo del Apocalipsis. Lo mismo sus declaraciones sobre este tema que la activa propaganda impresa de la época, con sus grabados cada vez más abundantes y sugerentes, aunque con frecuencia rudimentarios, fueron cobrando un tono cada vez más violento e insultante. En 1519 Lutero creía sinceramente que el papa estaba mal informado y que lo único que necesitaba era una mejor información; en 1520 Lutero tenía la convicción de que había que destruir «a la bestia». No había posibilidad alguna de avenencia; y, por el contrario, Lutero continuó echando leña al fuego. En diciembre de 1520 quemó pública y solemnemente la bula Exsurge Domine en Wittenberg, junto con una serie de libros de sus enemigos y todos los tomos del «papista» Derecho canónico. Para Lutero y sus seguidores, su causa era la causa del Evangelio, y la causa del Evangelio exigía purificar a la iglesia de todos los instrumentos de poder y gobierno que el Papado había ido creando en los 500 años previos. A los tres años de darse oscuramente a conocer con ocasión de su ataque contra Tetzel, Lutero se había convertido en el jefe espiritual (y para muchos incluso en el líder político) de un movimiento que convulsionaba a la mayor parte de Alemania, que ponía de su parte a gran número de personas influyentes y que le estaba ganando partidarios y fama bastante más allá de las fronteras de su propio país. Nada de extraño tenía, por consiguiente, que esta extraordinaria expansión le pareciera a Lutero un signo de beneplácito divino. Sin embargo, el historiador puede muy bien pensar que existían circunstancias históricas favorables para que la protesta de aquel fraile se convirtiera tan rápidamente en un movimiento que amenazaba la unidad de la iglesia y la supremacía del papa.
Las tesis estaban escritas en latín, aunque rápidamente se tradujeron al alemán, y la imprenta se encargó de propagarlas por el extranjero. El interés que despertaron fue general, inmediato e inesperado. Para su mal, la iglesia trató de amordazar a Lutero; al fin y al cabo, las indulgencias eran demasiado útiles para renunciar sin más a ellas. La Orden Dominicana se apresuró a defender a su hijo Tetzel del ataque de aquel simple agustino. Johann Eck, profesor de Ingolstadt (Baviera) y polemista profesional, decidió terciar en la disputa, acusando públicamente a Lutero de herejía. Se tomó la funesta medida de referir el caso a Roma. Al verse atacado por Eck, Lutero afiló con presteza su pluma y sus opiniones fueron cobrando una mayor agresividad. El capítulo provincial que su propia orden convocó para que el fraile respondiera de sus actos, y que se celebró en Heidelberg, en abril de 1518, solo sirvió para que Lutero ganara adeptos para su causa. Mientras en Alemania empezaban a surgir movimientos en defensa de aquel fraile que no tenía pelos en la lengua para denunciar los abusos, Roma se veía arrastrada a tomar, sin mucho entusiasmo, medidas más radicales en contra del agustino, como consecuencia tanto de la influencia que allí tenían los enemigos de Lutero como por la agresividad cada vez mayor de este. En agosto de 1518 se requirió a Lutero para que se presentara en Roma, y este solicitó protección a su elector Federico, quien le consiguió una entrevista con el cardenal Cayetano, general de la Orden de los Dominicos y teólogo de gran relieve en aquellos tiempos. Al parecer, Cayetano, con mayor objetividad, no vio en Lutero rastro alguno de aquel fervor revolucionario que movió a sus enemigos a persuadir al Papado a que tratara al fraile agustino como a hereje declarado, antes de celebrarse juicio alguno. Las conversaciones con el cardenal no confirmaron los temores de Lutero, que esperaba la muerte en la hoguera, y, aunque se desenvolvieron en un clima pacífico, no produjeron fruto alguno. Lutero persistió en sus puntos de vista y llegó incluso a afirmar que el papa podía equivocarse. Sano y salvo regresó aliviado a Wittenberg; la controversia continuaba. Para entonces Lutero se había hecho ya famoso, y eran muchos los que veían en él un líder. Durante los meses de junio y julio de 1519, tomó parte en controversias públicas contra Eck, en Leipzig. En realidad, la polémica no le atañía, en principio, a Lutero sino a un colega suyo de Wittenberg, Andreas Karlstadt, ferviente partidario de sus doctrinas, aunque de ideas poco claras, al que Eck había retado a debate público. Lutero se sintió retado también y decidió enfrentarse personalmente con Eck. Con habilidad dialéctica este le llevó a deshacer toda ambigüedad hasta conducirle a afirmar de forma tajante que no solo los papas, sino también los Concilios Generales de la iglesia podían equivocarse. No había más autoridad que la de la Biblia. Con estas afirmaciones Lutero tomaba claramente postura en defensa de doctrinas que habían sido condenadas por heréticas 100 años antes, durante el juicio contra Jan Hus, de Bohemia. Al llegar a este punto del debate, el duque Jorge de Sajonia, persona de sanas creencias conservadoras, que asistía a la controversia, levantó acusadoramente los brazos, apuntando al hereje. Y, efectivamente, Lutero, que anteriormente había rechazado las doctrinas de Hus, como tenía que rechazarlas todo buen patriota y toda persona que hubiera seguido estudios ortodoxos de teología, había llegado a la conclusión por entonces de que aquellas tempranas y violentas protestas contra el poder de los papas dentro de la iglesia no dejaban de tener fundamento. En Leipzig se puso de manifiesto cuánto se había alejado Lutero de los comienzos, puramente teológicos, de su disputa; se había alejado tanto que ya no había vuelta posible. Alimentada por las publicaciones y el estudio, la batalla continuaba; la iglesia estaba en crisis. En 1520 Lutero quemó definitivamente las naves con tres grandes obras que continúan siendo la base de sus creencias, de su doctrina y de su importancia histórica. En el Discurso a la nobleza cristiana de la nación alemana, Lutero examina y destruye «las murallas de papel» que los «papistas» habían levantado para defender sus injustos poderes, y exhorta a los alemanes a que convoquen un concilio general para reformar la iglesia. Las bases de la teología luterana y la doctrina de que no hay más que tres sacramentos (bautismo, penitencia y comunión) que estén de acuerdo con las enseñanzas de la Biblia aparecen en la obra titulada La cautividad de Babilonia de la iglesia, en la que, además, Lutero ataca al Papado por haber despojado a la cristiandad de la verdadera religión. Esta obra rechaza, por consiguiente, los otros cuatro sacramentos tradicionalmente admitidos (confirmación, extremaunción, orden y matrimonio) y, lo que es más, modifica totalmente el concepto de sacramento que, para Lutero, no es un medio de salvación creado por el sacerdote que lo administra, sino una circunstancia adecuada para que el creyente reciba la gracia divina. Con el tiempo, los reformistas prescindirían también de la penitencia. La tercera de las obras mencionadas es La libertad del cristiano, que trata por última vez de establecer comunicación con el adversario y presenta de forma contemporizadora un primer esbozo de la doctrina de la justificación por la fe y del sacerdocio de todos los creyentes. Estos tres tratados, de los que, en general, se vendieron un gran número de ejemplares entre un público muy amplio (solo uno estaba dirigido a los eruditos y escrito en latín, La cautividad de Babilonia), sirvieron para definir la postura ya por entonces cismática de Lutero y para atraerle prosélitos. El papa León X, que se asustó demasiado tarde de lo que estaba ocurriendo y que reaccionó de forma bastante radical, excomulgó a Lutero por la bula Exsurge Domine (junio de 1520), que entró en vigor en enero de 1521, mediante la bula Decet[1]. La reacción de Lutero fue simbólica y muy propia de él. Los tres años de lucha transcurridos le habían dado mucha mayor confianza en sí mismo, una confianza no exenta de humildad, sin embargo, ya que, para él, el apoyo que encontraban sus doctrinas era una prueba de lo justo de su causa y de que Dios le ayudaba. En estos tres años su escatológico espíritu llegó a la conclusión de que el papa era el anticristo del Apocalipsis. Lo mismo sus declaraciones sobre este tema que la activa propaganda impresa de la época, con sus grabados cada vez más abundantes y sugerentes, aunque con frecuencia rudimentarios, fueron cobrando un tono cada vez más violento e insultante. En 1519 Lutero creía sinceramente que el papa estaba mal informado y que lo único que necesitaba era una mejor información; en 1520 Lutero tenía la convicción de que había que destruir «a la bestia». No había posibilidad alguna de avenencia; y, por el contrario, Lutero continuó echando leña al fuego. En diciembre de 1520 quemó pública y solemnemente la bula Exsurge Domine en Wittenberg, junto con una serie de libros de sus enemigos y todos los tomos del «papista» Derecho canónico. Para Lutero y sus seguidores, su causa era la causa del Evangelio, y la causa del Evangelio exigía purificar a la iglesia de todos los instrumentos de poder y gobierno que el Papado había ido creando en los 500 años previos. A los tres años de darse oscuramente a conocer con ocasión de su ataque contra Tetzel, Lutero se había convertido en el jefe espiritual (y para muchos incluso en el líder político) de un movimiento que convulsionaba a la mayor parte de Alemania, que ponía de su parte a gran número de personas influyentes y que le estaba ganando partidarios y fama bastante más allá de las fronteras de su propio país. Nada de extraño tenía, por consiguiente, que esta extraordinaria expansión le pareciera a Lutero un signo de beneplácito divino. Sin embargo, el historiador puede muy bien pensar que existían circunstancias históricas favorables para que la protesta de aquel fraile se convirtiera tan rápidamente en un movimiento que amenazaba la unidad de la iglesia y la supremacía del papa.


Comentarios
Publicar un comentario