ONCE



EL «EXTRANJERO» 

El estrecho sentido de identificación con la propia región y el mucho más oscuro de que la región estaba unida a una unidad política mayor estaban condicionados por la actitud de las personas hacia lo que era diferente y extraño. Al tratar de valorar la noción de «lo extranjero», tenemos la impresión, no de mirar aquí y allá a través de un telescopio, sino de un caleidoscopio. No había geografías o historias generales de Europa, ni nomenclátores o mapas exactos que ayudasen a ubicar las impresiones visuales, las lenguas extranjeras, las características nacionales proverbiales y las narraciones de victoria y atrocidad en ciertas partes de Europa. La más intensa de las impresiones visuales era, probablemente, la del vestido. Dentro de ciertas limitaciones –ya que no había diferencia de corte o de paño entre las prendas de verano y de invierno, y dado que la moda de los hombres cambiaba con más rapidez que la de las mujeres– se cultivaba la fatuidad mediante el acicalamiento personal, siempre que el dinero alcanzase. La sensibilidad visual y táctil a los paños era aguda. Una parte considerable de la economía europea, desde luego, dependía del placer que producían ciertos paños, desde los forros a los brocados, los terciopelos y los tafetanes. Los artistas pintaban las telas con suma atención y algunos hasta diseñaban cortes. El cuerpo, entrenado para la danza, se ajustaba con facilidad al peso y al corte. Los vestidos eran símbolos de lealtad. Los gobernantes vestían a sus criados de librea, roja para la casa del Palatinado, escarlata y blanca para la de Aragón. Los músicos del papa León X llevaban sus colores, blanco, rojo y verde. En las casas nobles se seguía también esta costumbre. Los vestidos indicaban la clase, la ocupación y la condición, según se fuera virgen, casada o viuda. En toda Europa había una legislación suntuaria que trataba de contener la extravagancia de los sastres en interés de la armonía de clases (la mujer del burgués no debía imitar a la del noble y esta no debía hacer ostentación de su situación), así como fomentar la decencia (no se debían resaltar los pechos o los genitales), la moralidad (contención de la vanidad y la extravagancia) y el proteccionismo (no se debían comprar géneros importados). Su constante repetición muestra que era imposible contener el deseo de variedad y exhibición. Vanas también eran las exhortaciones desde el púlpito: «Mujeres – suplicaba el franciscano Michel Menot en un sermón de Cuaresma–, en estos días de penitencia la Iglesia cubre a sus santos con un velo; por el amor de Dios, haced lo mismo con vuestros pechos». En otra ocasión, en 1508, arremetía contra la extravagancia de sus peinados: «Oh mujeres, vosotras que os consagráis al atavío, que a menudo no escucháis la palabra de Dios, aunque para ello os bastaría con cruzar la calle, estoy seguro de que llevaría menos tiempo limpiar un establo de 44 caballos de lo que os lleva a vosotras peinar vuestros cabellos». Vanas eran las quejas de los poetas; en 1509 Alexander Barclay se lamentaba de que: La forma del hombre se desfigura en cada escalón, como caballero, escudero, hacendado, gentilhombre o bellaco. ¡Ay!, así decaen todos los estados del hombre cristiano, y también de la mujer, deformando su figura. Por supuesto, el ritmo de cambio de las modas se aceleraba cada vez más con mangas que, ya eran tan anchas como las de los monjes, ya casi demasiado estrechas para poder moverse, como lamentaba otro predicador en Estrasburgo. Y no solo las modas en el vestido: «Un honor era antes llevar barba; ahora han aprendido los hombres el modo propio de las mujeres [...]», escribía Sebastián Brant en La nave de los necios[2]. Con tanta preocupación por los vestidos en el país propio, no es sorprendente que los extranjeros fueran objeto de un profundo interés. «¿Acaso no se visten de modo diferente el español, el italiano, el francés, el alemán, el griego, el turco, el sarraceno?», pregunta un personaje en los Coloquios de Erasmo. «Y en el mismo país, ¡cuánta variación de atuendo entre personas del mismo sexo, de la misma edad y rango! ¡Cuán diferentes son en apariencia el veneciano, el florentino, el romano, y ello dentro de Italia únicamente!» Durero se procuró ilustraciones de vestidos irlandeses y livonios para copiarlos, e hizo dibujos en los que resaltaba las diferencias de atavío entre Italia y Alemania. Las modas se extendían a través de los grupos de pintores y bailarines y también a través de las relaciones comerciales, militares y diplomáticas. «Las modas en el vestir», escribía Celtis en su descripción de Núremberg, «cambian continuamente, influidas por las naciones con las que se realiza comercio». Hacia 1480 se copiaba en el norte de Italia el atuendo de la corte borgoñona; en 1515, Enrique VIII tenía un vestido de «brocado duro a la moda húngara» y otro «en damasco blanco, según la moda turca». Un viajero anotaba que las mujeres de Génova, las más bonitas de Italia según él, habían comenzado a vestirse en 1517 como si fueran españolas. Tales importaciones suscitaban la resistencia patriótica. «Ved los pantalones – escribía Juan Geiler–: están cuadriculados como un tablero de ajedrez, y su confección cuesta más que el material. Todas estas modas nos llegan de Italia y de Francia; son una vergüenza para los germanos que, aunque el mejor pueblo del mundo, incurren en las locuras de otras naciones y se dejan convertir en monos por los sastres extranjeros.» En algunas de las ciudades suizas se prohibían los estilos foráneos y a los extranjeros que llegaban a quedarse se les daba un año para ajustar su guardarropa a la convención local. 

El «mapa» de sastres era vívido, aunque confuso. Esto era también cierto del «mapa» lingüístico, del cual tenían al menos una vaga impresión todos los viajeros y todos los habitantes de las grandes ciudades comerciales, así como aquellos que poseían alguno de los muchos libros polilingües de canciones de la época. Gracias al comercio, a la diplomacia, a la administración de dominios polilingües y al empleo de ejércitos también de esta característica, un conocimiento superficial de idiomas extranjeros no era una hazaña inaudita. Excepto entre eclesiásticos y en las universidades, el latín hablado se estaba quedando restringido a momentos puramente formales, tales como la presentación de las cartas credenciales de un embajador o para llenar lagunas en la comprensión de idiomas modernos. En su Educación de un príncipe (1518 o 1519), Budé subrayaba la importancia del aprendizaje de las lenguas modernas, de tal modo que el gobernante pudiera hacerse querer de sus súbditos por sí mismo y no tuviera que estar a merced de un intérprete. Maximiliano apuntaba sus propios logros en un manuscrito de su disimulada autobiografía, la Weisskunig: alemán, cuando era niño; latín, del maestro de escuela; valón y bohemio, de los campesinos; francés, de su mujer, María de Borgoña; flamenco del círculo de Margarita de York, viuda de Carlos el Calvo; español, de la correspondencia diplomática; italiano, de los oficiales del ejército inglés de sus arqueros a sueldo. El rey Manuel de Portugal aprendía español con fines diplomáticos y Enrique VIII aprendía francés con la ayuda de un preceptor, residente en el país. Aunque los franceses eran reacios a aprender otras lenguas y, quizá por esta razón, la suya había sustituido al latín como el principal idioma diplomático, Commines podía realizar negociaciones en italiano. Los estudiosos ambulantes no podían confiar únicamente en el latín por muy apasionadamente que lo hubieran aprendido: Cornelius Agrippa aprendía francés e italiano, además de su alemán nativo. Solamente a título de hazaña elegante, Lucrecia Borgia añadió el francés al español que aprendió con su padre y al italiano que recibió con la educación. Los descubridores mostraron algún interés en las lenguas nativas: Vasco de Gama se trajo un glosario de palabras malayas y Pigafetta compiló uno en patagonio durante su viaje con Magallanes. Este aprendizaje no solía ser profundo. La producción de gramáticas, por no hablar de los diccionarios, estaba en sus comienzos: el primer auxiliar valioso fue la gramática castellana de Elio Antonio de Nebrija, impresa en 1492. La mayoría de la gente se seguía dando por satisfecha con manualitos como los Dialogues in French and English (Diálogos en francés e inglés) (1480), de William Caxton, que seguía los tradicionales Livres des Métiers (Libros de los oficios), con sus modelos de cartas comerciales y sus conversaciones elementales acerca de cómo se compra, cómo se vende, cómo se encuentra una posada y cómo se alquilan caballos. Desde luego, es imposible evaluar en qué medida un cierto grado de familiaridad con una lengua extranjera ayudaba a las personas a representarse gráficamente el país donde aquella se hablaba. Tampoco había posibilidad de considerar Europa en términos de un número determinado de unidades lingüísticas porque, por regla general, la clase gobernante hablaba de modo distinto que la masa del pueblo y, además, en todos los países había diferencias regionales muy fuertes. Aunque las administraciones centralizadoras y los escritores que rechazaban el latín porque se estaba estilizando en un lenguaje muerto que ya no admitía los neologismos ni las oraciones vernáculas expresivas o simplemente útiles, ayudaban a uniformar la lengua nacional, el proceso se hallaba lejos de su término. Una anécdota que cuenta Caxton en el prefacio de su Eneydos (1490) se puede aplicar más ampliamente. En mis días –escribía– sucedió que ciertos comerciantes estaban en un barco en el Támesis con la intención de hacerse a la vela y navegar hasta Zelanda, y, por falta de viento, se demoraron en la parte sur del cabo y fueron a tierra para refrescarse. Y uno de ellos, llamado Sheffield, un mercero, fue a una casa y pidió carne y, especialmente, huevos. Y la buena mujer contestó que ella no sabía hablar francés. Y el comerciante estaba furioso porque él tampoco sabía francés, pero le gustaría conseguir huevos y ella no le entendía. Y entonces, por fin, otro dijo que quisieran «eyren». Y entonces la buena mujer dijo que le entendía bien. Cátate, ¿qué no podría escribir ahora un hombre de aquellos días? Caxton termina diciendo que entre «el inglés llano, el tosco y el raro», ya no sabía qué pensar. En Francia, la langue d’oïl del norte era incomprensible para los del sur, que hablaban la langue d’oc, y entre los primeros había muchas divisiones regionales: cuando Maître Pathelin, en la popular farsa de ese nombre, simula la locura para chasquear a un acreedor, desvaría en normando, picardo, limusín y bretón. El «ik-isch»[3] aún separaba la zona septentrional de retirada del bajo alemán frente al alto alemán, e incluso entonces, cuando se publicó en Colonia en 1479 la primera traducción de la Biblia al bajo alemán, tenía que llevar bajo franco y bajo sajón en columnas paralelas. Aún más confusa era la situación en los Países Bajos. En Amberes, por ejemplo, el lenguaje de la administración local era el flamenco; el de la correspondencia con la corte o con los representantes del duque, el francés; el de los tribunales eclesiásticos, el latín; en tanto que un enjambre de traductores ayudaba a las transacciones comerciales en alemán, italiano, español. En Rusia había tres grandes divisiones lingüísticas, el gran ruso, el ucraniano y el bielorruso, pero era tan fácil que al viajero le saludaran en eslavo eclesiástico como en cualquiera de los otros. En Noruega, la clase gobernante y muchos de los comerciantes hablaban danés. Aún existían zonas reducidas en Italia meridional donde se hablaba el griego y la diferencia de lengua vernácula entre los grandes estados proporcionaba materia para una interminable controversia literaria. Con su propia contribución a esta controversia (Della lingua [Del lenguaje]), Maquiavelo esperaba que se estableciera la primacía de Florencia y que se «desautorizaría a aquellos tan desagradecidos por los beneficios que de nuestra ciudad han recibido, que están dispuestos a mezclar su lengua con la de Milán, Venecia o la Romaña y con todos los sucios usos de la Lombardía». Un obstinado acervo de frases hechas que pretendían retratar el carácter nacional de los pueblos de modo conciso y simbólico todavía contribuía más a emborronar la impresión que se pudiera obtener de un país extranjero. Para los autores alemanes de las Cartas de los hombres oscuros (1515-1517) resultaba axiomático que Polonia era el país de los ladrones; Bohemia, de los herejes; Sajonia, de los borrachos, y Florencia, de los homosexuales. Según este acervo, los franceses eran frívolos; los flamencos, golosos y prodigiosamente limpios; los ingleses, malhablados, avariciosos y estrechos de miras. Sin ningún afán descubridor, sino por el placer de soltar una perogrullada, un italiano de visita en Inglaterra explicaba que los ingleses son grandes admiradores de sí mismos y de todo cuanto les pertenece; piensan que no hay más hombres que ellos, ni más mundo que Inglaterra; y cuando quiera que ven a un extranjero de buena presencia dicen que «parece un inglés», y que «es una gran lástima que no sea inglés», y cuando comparten un dulce con un extranjero le preguntan: «¿Se hace tal cosa en su país?». Como maestros de juramento, los ingleses tenían un rival: «jurar como un escocés» era un dicho popular entre los franceses; pero el peor insulto que un francés podía utilizar para describir a un inglés, insulto acuñado durante siglos de animosidad, era «coué», rabudo. En su De cardinalatu, Paolo Cortesi prevenía a un príncipe de la Iglesia que estaba levantando casa en Roma para que no emplease criados italianos; los romanos eran demasiado violentos e indignos de confianza; los florentinos, demasiado codiciosos; los venecianos, demasiado arrogantes; los napolitanos, demasiado vagos. Los epítetos y las frases que poblaron Europa de grotescos fantasmas surgían de una serie variada de antipatías. Por supuesto, una de las fuentes más comunes era la rivalidad política. Hacía tiempo que los escoceses se curaban de sus heridas llamando cobardes a los ingleses. Pero las opiniones basadas en diferencias sociales o culturales eran más generales. Los ingleses despreciaban a los irlandeses porque carecían de un firme gobierno real y de una ley de primogenitura estable. Las naciones meridionales despreciaban a las septentrionales en bloc como pobladas de estólidos borrachines; los del norte desdeñaban a los meridionales, indignos de confianza y presumidos. Las costumbres culinarias eran un verdadero estribillo. «Liberad de esa vieja infamia a los germanos –imploraba Celtis en su conferencia inaugural–, esos escritores que nos atribuyen borrachera, inhumanidad, crueldad y todo mal que se acerque a la bestialidad y a la irracionalidad.» Cuando los acompañantes de Carlos V introdujeron costumbres culinarias nórdicas en la abstemia España, Pedro Mártir expresó su consternación ante hombres «cuyo único dios es Baco, seguido por Afrodita», y un embajador italiano en Suiza estaba aterrado por la manera como sus anfitriones «se pasaban dos o tres horas en la mesa, comiendo sus muchos platos y bárbaras especias con gran ruido», Erasmo hizo a Caronte declarar que él no tenía nada en contra de transportar a los españoles sobre la Estigia, pero que los ingleses y los germanos estaban tan hinchados de comida que estaban a punto de hundir el barco. Aunque estos insultos parecen triviales, tenían peso en una época en que a menudo escaseaba la comida y en la que la gula era uno de los pecados más vívidamente representados en los sermones y en el arte popular. Las tallas que representaban escenas coprofágicas de las iglesias del norte son un exponente de las aberraciones a que podía llegar la imaginación por la situación de tensión entre la voracidad y el sentido de culpa. A despecho de la cultura literaria de la corte de Borgoña y de los logros artísticos de los Países Bajos, los italianos se aferraban a su convicción de que el norte de los Alpes se hallaba en manos de los bárbaros. En carta a León X desde la culta Bruselas, el discípulo de Rafael, Tommaso Vincidor se quejaba de que «tengo mucho que soportar, aquí lejos, entre tanto bárbaro». En visita al relicario de los Santos Lugares, Pedro Casola anotaba con fastidio que «siempre dejo a los ultramontanos entrar precipitadamente». Lleno de irritación, Christoph von Scheurl citaba en 1506 un dicho veneciano, según el cual «todas las ciudades alemanas están ciegas –excepto Núremberg–, ¡y esa solo ve por un ojo!». Por otro lado, «tenemos que ser indulgentes», escribía Zuinglio con altivo sarcasmo, «con la presunción italiana [...]. No pueden soportar a un germano que les aventaje en saber». También Francia deseaba importar la cultura italiana sin infectarse con el carácter italiano. Los cantores de Milán tenían mucho que enseñar a los parisinos, pero Jean Marot no pudo abstenerse de exclamar que sus cantos sonaban como los gritos de parto de una cabra enana; también se les comparaba con cerditos chillando dentro de un saco. Aprended de ellos, pero no les imitéis, tal era el mensaje de Pedro Gringoire. «Por mi fe que no hay nada peor que un francés italianizado.» Ya fuera al nivel de muchachos que le daban emoción a sus juegos representando a franceses contra alemanes, o de la propaganda oficial, es posible que esta patriotería moral ayudase a las personas a identificarse con rivalidades internacionales que solamente sus gobernantes podían zanjar. Pero ni todo el refranero de recriminaciones mutuas, ni la conciencia de que otros grupos de hombres hablaban lenguas distintas y se vestían de diferente modo consiguieron aportar un sentido claro de implicación personal en el propio país; mucho menos en la cristiandad como un todo.

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