SIETE




EL INDIVIDUO Y LA COMUNIDAD LA CRISTIANDAD

No era esta una época en la que el individuo se hubiera liberado de la necesidad de vincularse a los demás. Por el contrario, es bastante probable que estos vínculos fueran más fuertes que nunca, desde el punto de vista de los sentimientos, del interés propio y del intelecto. Así, la familia era una unidad más consciente de sí misma, el gremio suponía una mayor protección, la ciudad resultaba fuente de mayor orgullo, la nacionalidad alcanzaba mayor significado y la fraternidad internacional de los estudiosos sin duda se había hecho más intensa. Únicamente la idea –que siempre fue difusa– de pertenecer a la supercomunidad cristiana estaba desvaneciéndose. La idea de la cristiandad se había convertido en un lugar común que aún se mantenía en vida gracias a dos nociones, muy ajenas ya a la realidad política: una nostalgia por los tiempos de las cruzadas, alimentada por la literatura caballeresca, y la esperanza del individuo según la cual podría borrar sus pecados contribuyendo a la recuperación de los santos lugares, esperanza muy debilitada debido al eficaz servicio turístico que los gobernantes mamelucos habían establecido en las tierras de la Biblia. Muchos de los papas, desde luego, se tomaron en serio sus obligaciones de cruzados. En 1481, Sixto IV organizó con inmenso esfuerzo una flota y un ejército para desalojar a los turcos de Otranto, en la esperanza de persuadir a su fuerza, además, para que cruzara el Adriático y recuperara la ciudad fortificada dálmata de Valona (actualmente Vlorë). Pero una vez que hubieron cumplido su objetivo principal, barcos y tropas se escabulleron, regresando a sus puntos de partida. En 1484, Inocencio VIII hizo una llamada a todos los gobernantes europeos para que enviaran embajadores a Roma con el fin de planear una cruzada; en 1488 sus legados aún estaban tratando de despertar el interés de las potencias. En 1500, Alejandro VI formuló un requerimiento similar que corrió también igual fortuna. En 1517, León X elaboró un proyecto de tan largo alcance que llegaba a planificar de qué modo se repartirían entre las naciones cruzadas los territorios que se conquistasen a los turcos. Nadie se presentó voluntario para desempeñar un papel en este gran drama de la cristiandad en acción. Es cierto que Carlos VIII había dado a entender que tenía intención de utilizar Nápoles como punto de escala para una cruzada cuando entró en Italia en 1494. Maximiliano, consciente de las responsabilidades del sacro emperador romano y ardiente partidario de los valores (y, en la mezcolanza de su territorio, de la utilidad política) del ideal caballeresco de lealtad personal y servicio cristiano, revivió la vieja orden de cruzados de San Jorge, situándose él mismo a la cabeza. Las ráfagas de entusiasmo podían aún estremecer a las muchedumbres o impregnar las páginas de las crónicas de las cruzadas en el estudio de algún erudito; pero, para los políticos prácticos, la espada del idealismo estaba ya muy oxidada en su vaina. En los años que siguieron a la caída de Constantinopla se hizo evidente que se podía llegar a un modus vivendi entre los diferentes intereses comerciales del Levante. Consecuentemente, cuando los venecianos tenían que combatir, lo hacían para defenderse y no para atacar. El comercio y las relaciones diplomáticas condujeron a una mayor comprensión. Los peregrinos descubrieron que los musulmanes no eran tan satánicos como se les había hecho creer. Había un interés creciente y respetuoso por las instituciones administrativas turcas y Maquiavelo alababa la disciplina y la moral de las tropas turcas en comparación con las cristianas. Durante la ocupación turca de Otranto, el escultor de Lorenzo de Médicis, Bertoldo, troqueló una medalla en la que aparecía una magnífica idealización de Mohamed, mientras que Alfonso de Calabria alquiló una compañía de caballería turca ¡para que le ayudase en su guerra contra el papa! Un fraile alemán, de visita en Venecia en 1482, se escandalizaba de ver a los venecianos dando la bienvenida a una misión militar musulmana, cediéndoles a aquellos «perros, feroces enemigos del Sacramento», un lugar en la solemne procesión del Corpus Christi. Dada esta falta de decisión en materia de cruzadas en Italia, no es de extrañar que monarcas más lejanos hicieran oídos sordos a las exhortaciones para otras cruzadas. Sin duda que la escasez de su celo se debía en gran parte al hecho de que se encontraban muy ocupados organizando sus propios estados y precaviéndose contra la perfidia que reinaba entre ellos. A finales de siglo, el sultán Bayaceto aseguraba a sus visires que los proyectos europeos para una cruzada acabarían en nada. «Los cristianos –señalaba– luchan de continuo entre ellos mismos [...]. El uno le dice al otro: “Hermano, ayudadme vos hoy contra este príncipe y mañana yo os ayudare contra aquel”. No temáis, no existe concordia entre ellos. Cada cual se preocupa únicamente de sí mismo; nadie piensa en el interés común.» En 1516, Erasmo confirmaba esta observación en la Educación del príncipe cristiano, escrita para el futuro Carlos V: «Cada anglo odia al galo, y cada galo, al anglo, solamente porque es anglo. El irlandés, solo porque es irlandés, odia al británico; el italiano odia al alemán; el suabo al suizo, y así, a lo largo de toda la lista. El campo odia al campo y la ciudad a la ciudad». En efecto, cuando en 1516 el embajador veneciano reclamó la ayuda de Enrique VIII contra el común enemigo de la cristiandad, obtuvo la siguiente contestación: «Sois inteligente y en vuestra prudencia comprenderéis que nunca se realizará expedición general alguna contra los turcos mientras exista tal perfidia entre las potencias cristianas que su única preocupación sea la de destruirse unas a otras». Iván III, quien teóricamente ocupaba una buena posición para iniciar un ataque lateral, prefería la negociación a la cruzada. Florencia incrementó su colonia comercial en Constantinopla aprovechándose de que Bayaceto, que sucedió a Mohamed el Conquistador en 1481, estaba más deseoso de consolidar su autoridad que de extenderla. 

En cuanto a la península Ibérica, se había producido una salida más ventajosa (y, para las potencias occidentales, también más significativa) respecto al sentimiento de cruzada, con el comienzo de las exploraciones portuguesas a lo largo de la costa occidental africana. Cuando los portugueses se pasaron del oro de Guinea a las especias de Calicut, el rey Manuel explicaba en una carta en 1499 a Fernando e Isabel que «el principal motivo ha sido, como en las anteriores, el servicio de Dios nuestro señor y nuestro propio beneficio». Y Colón, consciente de que los Reyes Católicos esperaban dinero como resultado de su viaje, también se imaginó que se sentirían satisfechos al saber que las condiciones en las Indias Occidentales eran «propicias para la realización de lo que yo concibo que es el deseo de nuestro rey serenísimo, ello es, la conversión de estas gentes a la santa fe de Cristo». El descubrimiento de América coincidía con el fin de la propia cruzada española para desembarazar de moros la Península y contribuyó a alejar su impulso de Europa y de Levante. Los esfuerzos misioneros de España y de Portugal produjeron nuevos cristianos sin fortalecer con ello la idea de la cristiandad. Los turcos estaban ya establecidos en gran parte de Europa y los europeos se estaban estableciendo en territorios de ultramar. Ambos procesos contribuían a quitarle significación geográfica al término, mientras que su coherencia espiritual se difuminaba en el renovado interés que cobraba la leyenda de un Imperio cristiano en África gobernado por el Preste Juan, así como la discusión acerca de las condiciones espirituales de los pueblos que se habían encontrado en la India y en las Américas (¿era posible que ya se les hubiese explicado el Evangelio? ¿Se les podía considerar cristianos en un sentido potencial o real?). Hasta 1520, fecha en la que se convirtió en sultán Solimán el Magnífico, quien en los dos años siguientes tomó Belgrado y la isla de Rodas, la actitud de Europa hacia los turcos era, si no de indiferencia, sí de interés precavido o de idealismo inactivo. 

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