CATORCE
II. La soberanía en el "Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil", de John Locke
1. El Gobierno por consentimiento de los gobernados.
Como es bien sabido, el principal teórico de la revolución de 1688 fue John
Locke, autor de un libro clave en el desarrollo del pensamiento constitucional inglés y,
en realidad, del occidental: An Essay concerning the True Original Extent and End of
Civil Government, que vió la luz en 1690, aunque su autor lo había redactado bastantes
años antes de que estallara la revolución de 1688, como ha demostrado Peter
Laslett(49).
En esta obra, Locke hizo suyas algunas tesis que Hobbes había sustentado
anteriormente, de manera muy particular en el Leviathan, como las del estado de
naturaleza y del pacto social. Ahora bien, Hobbes había recurrido a ambas nociones sin
contradecir sus supuestos iusracionalistas. A Hobbes no le había importado la existencia
histórica del estado de naturaleza y del pacto social, sino su valor instrumental: eran
hipótesis necesarias para pensar racionalmente el Estado como un ente artificial y, por
tanto, perecedero, carente de historia y distinto sustancialmente de los organismos
animales(50). La celebración del pacto social conducía inexorablemente, a su juicio, a
que los individuos hasta entonces en estado de Naturaleza cediesen sus derechos al
soberano, esto es, al Estado, con el objeto de garantizar la paz externa y la seguridad
interna y, por tanto, la existencia misma de una sociedad compuesta exclusivamente de
individuos iguales y egoístas. Un Estado concebido como persona ficta, en el que el
Monarca debía ejercer todos los poderes, sin que el pueblo pudiese deponerle.
En cambio, los supuestos iusnaturalistas de Locke, y en particular las nociones
del estado de naturaleza y del pacto social, deudoras de la filosofía racionalista de su
siglo (Descartes, Hobbes, Spinoza, Leibnitz) contradecían palmariamente sus
presupuestos gnoseológicos, sobre todo su crítica de las ideas innatas. Una crítica sobre la que se había extendido en An Essay concerning Human Understanding. Locke publicó esta obra en 1690, aunque la hubiese escrito también con anterioridad, y en ella hacía suya la filosofía empirista que Francis Bacon en el Novum
Organum y que Newton desarrollaría en el campo de la Física(51). Pero lo que de veras
importaba a Locke en su ensayo sobre el Gobierno Civil era justificar una nueva
Monarquía, la constitucional o "moderada", como él la denomina(52), utilizando una
expresión de claro sabor tomista, basada en el consentimiento del pueblo(53). Un tipo
de monarquía que vertebraría la revolución de 1688 y en la que podía verse- aunque,
como se dirá, ésta no fuese la interpretación más extendida-, si no el fin de un ahistórico
estado de Naturaleza, sí, al menos, la renovación de un no menos supuesto pacto social
de los ingleses, tras la disolución del Estado a consecuencia de la política absolutista
llevada a cabo por Jacobo II.
Por otro lado, las consecuencias que extrajo Locke de las tesis del estado de
Naturaleza y del pacto social eran ciertamente muy distintas a las que había extraído
Hobbes. A juicio de éste, la celebración del pacto social por parte de los individuos que
vivían en estado de Naturaleza implicaba necesariamente ceder todos sus derechos al
soberano, esto es, según Hobbes, al Monarca. Locke, en cambio, de una forma menos
consistente, entiende que tras el pacto social los individuos seguían conservando sus
"derechos naturales", al residir en el conjunto de ellos- en la comunidad o pueblo- la
soberanía.
El Estado resultante del pacto social, cuyo órgano supremo era el poder
legislativo, tenía precisamente la finalidad básica de conservar esos "derechos
naturales" a la vida, a la propiedad y a la seguridad personal, cuya protección era, a su
juicio, el fin básico del pacto social y, por consiguiente, del abandono del estado de
naturaleza(54). De este modo, Locke sustentaba una teoría del Estado tan utilitaria como
la de Hobbes, pero a tenor de la cual el poder público en su conjunto se basaba en el
consentimiento de los gobernados, de suyo revocable(55).
Pero lo que ahora conviene subrayar es que Locke afirma tanto la supremacía
del poder legislativo como la soberanía del pueblo. Una doble afirmación en la que se
halla, a juicio de Pollock, el punto más débil e insatisfactorio de su teoría política(56).
Pero antes de examinar este asunto, clave para este trabajo, es preciso exponer
brevemente su doctrina de la división de poderes.
2. La división de poderes.
En su penetrante estudio Constitutionalism and the Separation of Powers, M. J.
C. Vile ha puesto de relieve que la guerra civil inglesa supuso un hito muy importante
en la historia de la doctrina de la división de poderes. Hasta esa fecha, lo más frecuente
era limitarse a distinguir el poder legislativo del ejecutivo, como había hecho Marsilio
de Padua, por ejemplo. Durante la guerra civil empezó a ser habitual añadir un tercer
poder, el judicial, al que ya habían hecho referencia Buchanan y Hooker bastantes años
antes y al que se referirán algunos publicistas a mediados del siglo XVII, como George
Lawson o Philip Hunton(57).
Al explicar el origen de los poderes en el estado de Naturaleza, Locke parece
admitir, en principio, tan sólo dos: el legislativo y el ejecutivo. Mientras el antecedente
del primero se encontraba en la facultad que todos los hombres tenían, conforme al
Derecho Natural, para hacer lo que estimase conveniente para su propia salvaguardia y
para la de los demás, el del segundo se hallaba en la facultad de castigar los atropellos
cometidos contra el Derecho Natural(58). Ahora bien, cuando defiende la necesidad de
salir del estado de Naturaleza para proteger eficazmente los derechos naturales, Locke
añade a estos dos poderes un tercero: el judicial. Locke, en efecto, recuerda que la
protección de los derechos naturales exigía, en primer lugar, "una ley establecida,
aceptada, conocida y firme que sirva por común consenso de norma de lo justo y de lo
injusto y de medida común para que puedan resolverse por ella todas las disputas que
surjan entre los hombres"; en segundo lugar, "un juez reconocido e imparcial, con
autoridad para resolver todas las diferencias, de acuerdo con la ley establecida"; en
tercer lugar, "un poder suficiente que respalde y sostenga la sentencia cuando esta es
justa y que la ejecute debidamente"(59).
Sin embargo, Locke- que utiliza el vocablo "power" tanto para designar una
función como un órgano, por lo que a veces no es fácil interpretar sus planteamientos abandona más adelante, y de forma ya definitiva, esta clasificación tripartita de los
órganos o funciones del Estado, sustituyéndola por una nueva, a tenor de la cual
distingue la función legislativa, la ejecutiva y la federativa, sin mencionar para nada la
jurisdiccional. Tal omisión no significaba que minusvalorase la importancia de la
jurisdicción en el seno del Estado constitucional. Al contrario, como subraya Vile, para
Locke "la principal función del Estado es esencialmente la jurisdiccional... El Estado
era, por consiguiente, el juez que faltaba en el estado de Naturaleza"(60).
¿Por qué razón, pues, el pensador inglés no menciona la jurisdicción como una
función autónoma ni la Judicatura como un órgano o poder distinto del ejecutivo y del
legislativo? Para responder a esta pregunta es preciso tener en cuenta que en Inglaterra
no había una nítida distinción orgánica entre el poder judicial y el legislativo ni una clara
distinción entre la función legislativa y la jurisdiccional. Si la Cámara de los Lores era y sigue siéndolo todavía- el supremo Tribunal del reino, los Jueces creaban derecho a la
vez que lo aplicaban, pues sus sentencias se convertían en precedentes que les
vinculaban en el futuro a la hora de resolver casos análogos(61).
En cualquier caso, el propósito fundamental de Locke consistía en atribuir a dos
órganos distintos el poder legislativo y el poder ejecutivo, sin perjuicio de los
mecanismos de relación que establecía entre ambos órganos, a los que luego se aludirá.
Locke, en efecto, sostiene que tanto en las "monarquías moderadas" como en todos los
demás "gobiernos bien constituidos", el poder legislativo y el ejecutivo "se encuentran
en distintas manos"(62).
Previamente había dejado bien claro que "en las comunidades
políticas bien ordenadas y en las que se tiene en cuenta como es debido el bien de la
totalidad de quienes la forman", el poder legislativo "suele ponerse en manos de varias
personas... debidamente reunidas", esto es, en una Asamblea(63), a diferencia de lo que
ocurre con el poder ejecutivo, que, al ser un poder "permanente", ejercido sin
interrupción, suele atribuirse a una sola persona(64).
Esta atribución de los dos poderes básicos del Estado a dos órganos distintos
distinguía a las "monarquías moderadas" y a los demás "gobiernos bien constituidos" de
las "monarquías absolutas", en donde "el príncipe reúne en sí mismo" ambos poderes,
por lo que "no existe juez ni manera de apelar a alguien capaz de decidir con justicia e
imparcialidad así como con autoridad para sentenciar, ni que pueda remediar y
compensar cualquier atropello o daño que ese príncipe haya causado por sí mismo o por
orden suya"(65).
Ahora bien, al pronunciarse a favor de atribuir a distintas manos los poderes
legislativo y ejecutivo, Locke no pretendía sólo, aunque sí primordialmente, denunciar
la monarquía absoluta, en la que el Rey ejercía ambos poderes, sino también el sistema
asambleario de gobierno, basado en el monopolio de aquellos dos poderes por parte de
una Asamblea. A este respecto, Locke tenía sin duda muy presente la experiencia
histórica del Parlamento Largo( 1640 a 1649), "verdadero punto de viraje en la historia
política de las razas de lengua inglesa"(66). En esa experiencia pensaba sin duda Locke
cuando señalaba que no era "conveniente, pues sería una tentación demasiado fuerte
para la debilidad humana, que tiene tendencia a aferrarse al poder, confiar la tarea de
ejecutar las leyes a las mismas personas que tienen la misión de hacerlas".
El pensador
inglés añadía que si el legislativo y el ejecutivo estuviesen en unas mismas manos se
corría el grave riesgo de que las leyes no se obedeciesen y de que se redactasen y
aplicasen de acuerdo con "intereses particulares" y no con los intereses de toda la
comunidad, lo que sería contrario "a la finalidad de la sociedad y del gobierno"(67).
Si el poder legislativo consistía en la facultad de aprobar leyes, el ejecutivo, a juicio de
Locke, comprendía dos esferas: la ejecutiva propiamente dicha y la federativa, cuya
distinción supone la más importante aportación de Locke a la doctrina de las funciones
del Estado(68). Ambas esferas solían y debían atribuirse al mismo órgano, que en
Inglaterra no era otro que el Monarca. "Estos dos poderes- escribe- el ejecutivo y el
federativo, son en sí mismos realmente distintos; sin embargo, a pesar de que uno de
ellos abarca la ejecución de las leyes de la sociedad en el interior de la misma y a todos
cuantos la integran, y el otro tiene a su cargo la seguridad y los intereses de la población
en el exterior, con respecto a quienes pueden serles útiles o perjudicarle, ocurre que casi
siempre suelen encontrarse reunidos"(69).
Pero además de ejercer el poder ejecutivo y el federativo, el Monarca podía
participar en la elaboración de las leyes. En algunas comunidades políticas, escribe a
este respecto Locke, pensando sin duda en el royal assent, "el ejecutivo está delegado
en una sola persona que participa también en el poder legislativo"(70). Locke considera,
asimismo, que era inherente al Monarca la facultad de convocar y disolver la
Asamblea(71), pues, volviendo a tener bien presente al Parlamento Largo, estima que
"las reuniones constantes o frecuentes de los legisladores y la larga duración de sus
Asambleas inútiles, resultan por fuerza gravosas para el pueblo, suscitando a la larga
inconvenientes más peligrosos que los que se trataba de evitar"(72).
Esta relevante posición constitucional, merced a la cual colaboraba en la
aprobación de las leyes a la vez que ordenaba y dirigía su ejecución, permitía incluso
afirmar que en el Monarca descansaba el "poder supremo" del Estado. "No porque
ostente todo el poder supremo, que es el de hacer las leyes, sino porque en él reside el
supremo poder de ejecutarlas, del que derivan sus poderes todos los magistrados
inferiores,... no habiendo tampoco ningún (órgano) legislativo superior a él, ya que
ninguna ley puede hacerse sin su consentimiento..."(73).
Ahora bien, si no era conveniente que el Monarca se circunscribiese a ejecutar
las leyes, tampoco el Parlamento debía ceñirse a aprobarlas, sino que debía controlar
también su ejecución, como ocurría en la Inglaterra de su tiempo a través del
impeachment. Un procedimiento establecido para exigir la responsabilidad penal de los
miembros del ejecutivo- excepto la del Monarca, irresponsable jurídica y políticamente ante las dos Cámaras del Parlamento. "... Una vez que el poder legislativo ha
encomendado a otros poderes la ejecución de las leyes hechas por él, conserva siempre
el derecho de retirar esos poderes si encuentra razón para ello e igualmente el de
castigar cualquier prevaricación"(74).
Locke, en definitiva, es tan partidario de atribuir a dos órganos distintos el
ejercicio de los poderes legislativo y ejecutivo como de repartir entre aquéllos el
ejercicio de éstos. Dicho con otras palabras: el pensador inglés se muestra a favor no
sólo de la división de poderes, sino también de la doctrina del equilibrio constitucional
(balanced constitution).
Aunque estas dos doctrinas solían venir acompañadas de la vieja doctrina del
Estado mixto- y así seguiría ocurriendo después de Locke, según se tendrá ocasión de
ver más adelante-, no puede, en cambio, considerarse al pensador inglés un partidario de
esta última. Passerin D´Entreves observa a este respecto que Locke no pretendió dividir
la soberanía, sino su ejercicio, bajo la supremacía del poder legislativo, aunque la
distinción entre titularidad y ejercicio de la soberanía, intuida por Bodino, no se
formulase hasta la Revolución francesa(75).
M. J. C. Vile, por su parte, señala que
Locke no hizo demasiado hincapié en la teoría del Estado mixto, sino que prefirió
centrar sus análisis en las relaciones entre la Legislatura y el ejecutivo, sin apenas
referirse a la Cámara de los Lores(76).
En realidad, Locke sólo menciona de pasada las "formas mixtas de gobierno" en el
capítulo X del libro que ahora se examina, dedicado a las diversas formas de la
Commonwealth(77), mientras que sólo alude a la Cámara de los Lores en el último
capítulo, el XIX, y aun así de forma indirecta: "supongamos- escribe Locke- que el
poder legislativo se haya otorgado a tres personas distintas de manera simultánea:
primero, una sola persona hereditaria que ostenta de forma permanente el poder
ejecutivo supremo y, con este poder, el de convocar a las otras dos dentro de períodos
fijos; segundo, una asamblea constituida por la nobleza hereditaria; tercero, una
asamblea de representantes elegidos, pro tempore, por el pueblo"(78).
Al fin y al cabo, conviene no perder de vista que en este libro Locke no trata de
analizar la Constitución inglesa en particular, sino la de un Estado libre en general,
aunque resulta evidente que no puede olvidarse de su país natal, al que se refiere de
forma constante, aunque casi siempre sin mencionarlo.
3. La supremacía del poder legislativo y sus límites.
Ahora bien, si para conservar la libertad era preciso que los poderes ejecutivo y
legislativo estuviesen en distintas manos, este último debía ser, para Locke, el supremo
poder del Estado, pues "quien puede imponer leyes a otro, por fuerza ha de ser superior
a él"(79). La supremacía del poder legislativo convertía al Estado, incluso cuando a su
frente estuviese un rey hereditario, en un gobierno con consentimiento de los
gobernados, requisito imprescindible para afirmar su propia legitimidad(80).
Al atribuir al legislativo- del que podía formar parte el Rey, en los términos que se han
señalado- la supremacía en el seno del Estado, el pensador inglés no hacía otra cosa que
acogerse, bajo unos nuevos supuestos contractualistas y utilitarios, a la ya vieja doctrina
inglesa de la soberanía del Parlamento, formulada por Fortescue, Thomas Smith y
Richard Hooker. Un autor este último a quien Locke cita repetidas veces en su
Ensayo(81). Y como la supremacía del poder legislativo llevaba consigo la supremacía
de la ley en el conjunto de las fuentes del derecho- veremos ahora mismo qué clase de
ley-, Locke no dejaba de sumarse también a la otra gran doctrina constitucional
sustentada en Inglaterra desde los tiempos de Bracton: el rule of law.
No obstante, la supremacía del poder legislativo no implicaba para Locke que la
Asamblea debiese absorber al poder ejecutivo, ni siquiera que pusiese en entredicho la
autonomía orgánica y funcional de éste, como había intentado el Parlamento Largo
durante el reinado de Carlos I. "Locke- escribe Vile- aclara una y otra vez que nigun
órgano del Estado es omnipotente, que el legislativo y el ejecutivo tienen un status
autónomo... Por supremacía del poder legislativo Locke no quiere decir que el ejecutivo
se convierta en un recadero, subordinado por completo al legislativo en el ejercicio de
sus propias funciones. Por el contrario, el poder de la Asamblea legislativa está
circunscrito al ejercicio de sus propias funciones"(82).
Por otro lado, que el poder legislativo fuese el órgano supremo del Estado, no
quería decir que fuese un órgano ilimitado, ni mucho menos arbitrario. Su función,
como la del Estado en su conjunto, debía limitarse a asegurar "los derechos naturales",
que era el principal objetivo del pacto social que lo había creado, como se ha señalado
ya. Desde este punto de vista, puede afirmarse que, ímplicitamente al menos, Locke
venía a reconocer que el pacto o contrato social se erigía en un primer límite del poder
legislativo. Así lo entiende Nicola Matteucci cuando recuerda que para Locke el poder
legislativo estaba limitado "por aquella «primera y fundamental ley positiva» que lo
instituye, esto es, por el contrato social, el cual se presenta, así, como un verdadero
poder constituyente, superior al poder legislativo; la base teórica para una distinción
jerárquica entre normas constitucionales y normas legislativas está ímplicitamente
puesta"(83).
Pero, además, en el importante capítulo XI de su ensayo sobre el Gobierno
Civil Locke reconoce expresamente otros límites al poder legislativo, impuestos en este
caso por la "sociedad", por la "ley divina" y por el "derecho natural". Así, en efecto,
dicho poder no podía atribuirse, como había hecho el Parlamento Largo durante la
Guerra Civil, "la facultad de gobernar por decretos improvisados y arbitrarios, sino que
estaba obligado a dispensar la justicia y a señalar los derechos de los súbditos mediante
leyes fijas y promulgadas, aplicadas por jueces señalados y conocidos". Las leyes
aprobadas por el poder legislativo tenían que ser, además, generales e "idénticas para el
rico y para el pobre, para el favorito que está en la Corte y para el labrador que empuña
el arado", sin otra finalidad que "el bien del pueblo". Al poder legislativo no le estaba
permitido tampoco establecer impuestos sin el consentimiento del pueblo, expresado
directamente o por medio de sus representantes. Por último, al poder legislativo le
estaba vedado transferir la facultad de hacer leyes a ninguna otra persona, pues sólo a él
se la había delegado el pueblo(84).
Pollock sostiene que al reconocer tales límites, Locke se sumaba a una
concepción de la soberanía de honda raigambre entre los estudiantes del common law
desde comienzos del siglo XVII, a tenor de la cual se aceptaba que la "justicia natural" o
el "common right" imponían unos límites que incluso el Rey en Parlamento no podía
traspasar; lo que quería decir que los Jueces debían inaplicar una ley del Parlamento que
fuese manifiestamente contraria a la "justicia natural" y quizá si intentase subvertir los
fundamentos de la Constitucion, por ejemplo, si pretendiese abolir la Monarquía o la
Cámara de los Comunes(85).
Lo que resulta indudable, como recuerda J. W. Gough, es que si bien Locke
reconoció la "supremacía" del Parlamento, "con ella no se refería a su soberanía, en el
sentido hobbesiano del término"(86).
4. La soberanía del pueblo.
Pero además de los límites a los que estaba sujeto el poder legislativo, es
preciso no perder de vista, como ya se ha adelantado, que para Locke por encima de este
poder estaba el poder soberano del pueblo. "A pesar de que en una comunidad política
sólida y bien constituida, que actúa de acuerdo con su propia naturaleza, es decir, para la
salvaguardia de la comunidad, no puede existir sino un poder supremo único, el
legislativo, al que todos los demás se encuentran y deben estar subordinados, como tal
poder legislativo es únicamente un poder al que se ha dado el encargo de obrar para la
consecución de determinadas finalidades, le queda siempre al pueblo el poder supremo
de apartar o cambiar los legisladores, si considera que actúan de una manera contraria a
la misión que se les ha encomendado... De este modo, la comunidad conserva
perpetuamente el poder supremo de sustraerse a las tentativas y maquinaciones de
cualquier persona..."(87).
En coherencia con estas tesis, Locke sostuvo que la violación de los límites a
los que estaba sometido el poder legislativo justificaba el derecho de resistencia del
pueblo. Un derecho que Hobbes había rechazado expresamente con anterioridad y sobre
el que Locke se extiende en los dos últimos capítulos de la obra que ahora se glosa,
titulados "de la tiranía " y "de la disolución del gobierno". A juicio de Locke, el pueblo,
actuando con justa causa, tenía derecho no sólo a reemplazar a sus gobernantes, sino a
cambiar la misma forma de Estado, entendiendo por pueblo no el Parlamento, ni siquiera
la Cámara de los Comunes, sino la comunidad política como entidad distinta y
separada(88).
Aunque con anterioridad Marsilio de Padua y los monárcomacos habían defendido ya
la soberanía del pueblo, Maclean(89) y sobre todo Franklin(90) han mostrado que en
este punto el más relevante influjo sobre Locke lo ejerció la doctrina que George
Lawson había expuesto en Politica Sacra et Civilis. En esta obra- escrita en 1657,
aunque no se publicó hasta 1660, en vísperas del retorno de Carlos II, reeditándose en
1689- Lawson había conseguido conciliar la doctrina del estado mixto con la de la
soberanía popular, hasta entonces consideradas incompatibles(91). Para Lawson, el
conflicto entre el Rey y el Parlamento tras la guerra civil comenzada en 1642, había
provocado una completa disolución del Estado y la retroversión del poder al pueblo,
único sujeto legitimado para constituir una nueva autoridad. La soberanía, pues, no
residía en las dos Cámaras del Parlamento, sino en el pueblo(92). Aunque esta concepción no se tuvo en cuenta durante la época de Jacobo II, por
parecer demasiado radical, Locke la retomó al redactar su "Segundo Tratado sobre el
Gobierno Civil", siendo el único escritor político de relieve en hacerlo.
Locke leyó la
obra de Lawson en torno a 1679, justo cuando estaba preparando su réplica a Filmer.
"No sólo la teoría del derecho de resistencia-escribe Franklin-, sino incluso la estructura
básica del Segundo Tratado se corresponde con la doctrina de Lawson sobre la
soberanía"(93).
Para Locke, la tesis de Lawson sobre la disolución del Estado y la recuperación
de la soberanía por el pueblo era la única válida para resolver el problema del derecho
de resistencia en el marco no sólo de una constitución mixta, sino de cualquier tipo de
Constitución(94). La mayor parte de sus correligionarios Whigs no aceptó, sin embargo,
las tesis de Locke sobre este asunto. Aquéllos, en efecto, fieles a la doctrina de la
soberanía del Parlamento, querían conciliar el derecho de resistencia contra el tirano
(Jacobo II) con el respeto a la independencia del Rey frente al Parlamento e incluso con
la supremacía del Monarca dentro de la Contitución. Así lo sostuvo, entre otros
publicistas whigs, Gilbert Burnest en An Enquiry into Measures of Submission, un
panfleto publicado en Holanda, en 1687, con el beneplácito de Guillermo de
Orange(95). El principal objetivo de los Whigs era entronizar a este Monarca como Rey
de Inglaterra, no en nombre del pueblo, sino de su propio derecho, preservando la
continuidad dinástica. Al fin y al cabo la esposa de Guillermo, María, era hija de Jacobo
II, y a ella habría de pasar el título de Reina tras la muerte de su marido(96).
En definitiva, pues, al aceptar la soberanía del pueblo, Locke no sólo se separó
de las tesis absolutistas de Filmer y Hobbes, por otro lado tan distintas, sino también de
la clásica formulación inglesa de la soberanía del Parlamento (del Rey y de las dos
Cámaras colegislativas), sustentada por Smith y por Hooker, antes que él, y por Hume y
por Blackstone, después de él, como se verá de inmediato.

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